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El ritual de canibalismo de los indios tupinambás

Durante la conquista de América, los tupinambás habitaban todo el litoral. Los tupinambás sabían hacer auténtica delicatessen a partir de los mamelucos, los blancos y los indios que capturaban. se transformaban en delicias de los indios, los blancos y los esclavos, que capturaban.

Practicada por varias tribus en todo el continente americano, la ceremonia antropofágica tupinambá se convirtió en un “éxito” y alcanzó fama mundial con los relatos del alemán Hans Staden, que vivió de 1553 a 1555 con este pueblo caníbal y por poco no acaba también devorado por ellos. En la época del Descubrimiento, los tupinambás habitaban todo el litoral, desde el norte hasta San Pablo, en el territorio actual de Brasil. Los tupinambás, durante sus batallas, solían convertir en auténticos manjares a sus enemigos, lo que llevó a que otras tribus, los blancos y los esclavos que los europeos llevaban consigo en nuevos ingredientes de su dieta. Para los nativos, ser comido era un honor reservado a los guerreros. Pero, a los ojos de los colonizadores europeos, había pocos destinos más diabólicos que este final.

1. Al llegar a la aldea, el prisionero tenía que decir una frase ritual (ver al lado). Las mujeres rasuraban su ceja y bailaban de alegría. Después de esta “presentación”, el cautivo podía pasar meses vivo, hasta que llegue el momento propicio del sacrificio.

2. La fecha del ritual se concretaba por los ancianos de la tribu. Para “animar” la fiesta, en la víspera del sacrificio, varias aldeas colindantes se invitaban y se reunían para beber el cauim, una bebida alcohólica hecha de maíz y yuca fermentada.

3. Llegado el día, los tupinambás pintaban la frente del prisionero al que se le ataba por la cintura con una cuerda. El verdugo decía: “Yo te voy a matar a tí, porque tu gente mató y se comió a mis amigos”

4. Si el que iba a ser devorado en la cena era un indio, la víctima se sentiría halagada y diría: “Mis amigos me vengarán”

5. A continuación, el verdugo se situaba detrás del prisionero y le daba una golpetazo en en la cabeza con una especie de bastón ritual. Los sesos de la víctima solían desparramarse en el momento del impacto. “Ejecutan de la víctima como se mata un cerdo: la golpetazos”, afirmó en 1557 el misionero francés André Thevet.

6. Las mujeres entonces recogen el cadáver y lo trasladan a la hoguera, donde arrancaban toda la piel del difunto, hasta que el tejido se quedara completamente en blanco. Después taponaban el ano del muerto con un palo, para que ninguna porción del precioso manjar pudiera escapar por allí.

7. Tras esto, se despedazaba al cadáver y los brazos y piernas del muerto eran distribuidos entre las mujeres. Las artes blandas (la lengua y el cerebro) se quedaban con los niños. Después, el carnicero extraía las vísceras, que eran hervidas hasta formar un caldo. ¿A que no adivinas como se llamaba este “guiso”? … Gachas…

8. El ritual finalizaba con un “honor al mérito”: el verdugo ganaba renombre y se le realizaba una una cicatriz a modo de marca con el diente de una bestia salvaje, corte que realizaba el jefe del pueblo. Además, recibía una pulsera hecha con los labios del sacrificado.

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