La gran fiesta del diablo: el aquelarre

Siendo el culto a Satán, por parte de sus adictos, contrario y de cierto modo paralelo al que se rinde a Dios en las celebraciones religiosas ortodoxas y permitidas, en buena lógica exige también la manifestación del fervor y del sometimiento a su sobrenatural poder mediante ceremonias y concentraciones y la consagración de ciertos días especiales en lo que se denomina aquelarre.

La manifestación más importante del culto satánico ha sido siempre el “sabath” o aquelarre, concentración de brujos y brujas, presidida por el mismo Satanás, o por representantes cualificados, y a la que solían acudir también íncubos y súcubos (recuérdese; demonios masculinos y femeninos) Para participar en la adoración de su señor y de todos los actos subsiguientes. Todo lo diabólico tenía lugar en los aquelarres, desde la profanación de todo lo divino, hasta la realización de todos los excesos sexuales, que ya venimos viendo, es la actividad que más place al rey de los infiernos y a sus seguidores. Frecuentemente, y sobre todo en las grandes concentraciones, el aquelarre concluía con la celebración de una misa negra, que era – y es – por que se continúan celebrando, la exaltación máxima de los ritos satánicos.

Una vez reunidas todas las brujas en el claro del bosque, sobre la verde pradera, comenzaba el aquelarre. Bajo un lujoso dosel, en el centro, Satanás en persona, con sus cuernos retorcidos y sus patas peludas; ojos de fuego, penetrantes, irresistibles, dueño y señor de las voluntades allí presentes. A su derecha, la bruja más atractiva, a ser posible casada, que así el pecado era doble; lujuria y adulterio. Totalmente desnuda y excitante. A la izquierda, la bruja más experta en preparación de ungüentos y bebedizos, venenos y maleficios. La escena queda iluminada por una gran hoguera y multitud de lirios negros que ardían con la llama azulada, y que algunos asistentes, en postura grotesca, sujetaban en el ano. En lo alto, la luna, y en el suelo un gran coro de almas perdidas dispuestas a rendir culto a su dios infernal.

Se pasaba lista. Satanás tenía un censo minucioso y ninguna bruja o brujo quedaba fuera de su control. Solamente por causas insoslayables se podía faltar. No valían las excusas
Las brujas casadas dejaban durmiendo en el lecho con sus maridos a dobles perfectísimos para que ellos no notaran su ausencia. Concluida la lista, cada uno de los asistentes iba depositando a los pies del diablo los regalos con que le obsequiaban, por los que Satanás sentía gran complacencia.

Cada bruja contaba después las malas acciones que había llevado a cabo desde el aquelarre anterior. Si había asistido algún novicio, se le bautizaba con azufre y semen que las brujas extraían allí mismo de los hombres mediante prácticas manuales. El neófito renegaba de Dios y de la fe y prometía servir y adorar siempre a su nuevo amo y señor. Satanás lo marcaba con su sello en la pupila.

Aquelarre

Aquelarre

El aquelarre era un tipo de orgía

Comenzaba entonces la orgía. Con los brujos y brujas se mezclaban diablos incubos y súcubos y Satanás iba poseyendo una a una todas las brujas, sodomizando a los brujos, en un ejercicio incansable. Mientras, todo aquel tropel enfierecido rodaba por la hierba fornicado, cometiendo incesto, llevado a cabo las prácticas más aberrantes, el homosexualismo, la sodomía. En ocasiones, para que la orgía fuera completa, se hacía intervenir a ellas a animales, con los que se practicaba el bestialismo. Algunos autores recogen en sus obras relatos que hablan de antropofagia, y uso de la “machina mullierum” con que solían consolar su soledad sexual las enclaustradas. No vale la pena añadir detalles y por mucho que se añadiera nunca quedaría completo el cuadro repugnante de la orgía que se efectuaba durante los aquelarres.

Terminada la ceremonia de los bautizos, Satanás ponía el trasero y todos los presentes se lo besaban. Era el “osculum infame” famoso en los procesos de brujería. A veces, el diablo exigía que le fuera besada también la boca o el miembro viril; pero si estaba enfadado con algunos de los presentes, lo excluía de la fila y no le permitía semejante honor.

Próximo ya al amanecer se celebraba la misa satánica o misa negra. Sobre un altar coronado por una cruz invertida se llevaba a cabo una especie de parodia, consagrado en un cáliz negro, sangre de un niño recién degollado y elevando hacia los cielos, como una blasfemia, una hostia negra y dura. La ofensa a Dios quedaba concluida. El diablo, satisfecho, desaparecía, y las brujas, cada una en una escoba, surcaban los aires vertiginosamente en dirección a casa.

El demonio a veces no asiste en persona a estas celebraciones. Las preside un sacerdote o sacerdotisa de su culto. Desde los infiernos, Satanás observando la escena, guiñará seguramente un ojo y sonreirá, por que su guerra contra Dios tuvo un principio, pero, a lo que se ve, no tendrá fin. Mientras haya un hombre dispuesto a pecar sobre la faz de la Tierra. Es decir, mientras exista un hombre – o una mujer en el mundo.

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