Fábula del emperador y el ruiseñor

La Tecnología muchas veces intenta imitar a la naturaleza y casi nunca lo consigue. Esta fábula de Hans Cristian Andersen es un ejemplo.

Había una vez un emperador que cada noche salía a la terraza de su palacio a escuchar el canto de un ruiseñor. Era un canto muy melodioso que alegraba al emperador. Todo el mundo conocía esta afición por los cantos de los pájaros del emperador, y alguien pensó que el podía complacer.

Un día, para el cumpleaños del emperador, le hicieron un regalo muy especial. Se trataba de un ruiseñor mecánico. Cuando lo pusieron en marcha, emitió unos sonidos que imitaba a la perfección al ruiseñor de verdad. El emperador estaba encantado, ahora podría escuchar un ruiseñor sin tener que esperar por la noche, lo podría hacer cuando quisiera.

Día tras día, hora tras hora, el mecanismo nuevo del emperador no paraba nunca de sonar. De hecho, dejó de acudir a su cita con el ruiseñor, ya no le hacía falta para nada.

Ruiseñor

Ruiseñor

Un día, el emperador sintió un criado que silbaba una canción que le era muy familiar.

– ¿Qué cantas, criado? – Le dijo.
– Es la canción del ruiseñor mecánico, majestad – contestó.
– ¿Cómo es que te la sabes?
– Es que siempre canta la misma. Toda la corte se la sabe.
– ¿Sabrías cantarme la canción del ruiseñor que venía cada noche?
– Oh! Eso es imposible. El ruiseñor de verdad cantaba cada día una melodía diferente.

Aquella noche, el emperador salió a la terraza, pero el ruiseñor no estaba. Decidió marcharse al ver que ya no lo necesitaba para nada al ser sustituido por un mecanismo. El emperador aburrió el aparato mecánico y enfermó. Los médicos dijeron que estaba deprimido, que echaba de menos algo. Pensaron que yendo a buscar el ruiseñor el curaría, y así lo hicieron. Enviaron emisarios por todo el imperio para encontrar el ruiseñor. Y una noche, cuando el emperador estaba más enfermo que nunca, el ruiseñor volvió y cantó para su señor. La alegría del emperador fue tan grande que se recuperó enseguida.

El mecanismo lo rompieron y decidió volver a la vieja costumbre de escuchar a su ruiseñor por las noches. La alegría era doble, no sólo para escuchar una melodía diferente, si no por la emoción que sentía en la espera de que representaba la llegada de la noche. Al fin y al cabo, las cosas buenas se hacen esperar… o no?

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