Heligoland: ¿La Antártida?

Se han escrito tantas estupideces sobre la Atlántida que las personas serias han terminado por reducir el problema a la misma categoría que los ovnis o la cueva de Alí-Babá. Pocos, muy pocos, son los que osan aventurarse con un “mínimum” de rigor en el mundo de las elucubraciones.

Jurgen Spanuth, 65 años, elocuencia convincente, típicas gafas a lo Herr Doctor, investigador del problema de la Atlántida durante más de treinta años. Nacido en Austria, becario en las universidades de Berlín, Viena, Kiel y Tubinga, recibió en 1931 los títulos de doctor en teología y profesor de historia antigua y arqueología. Desde 1933 fue el pastor (luterano) de la pequeña villa de Bordelum, en la Frisia del Norte.

Su primer libro, Das enträtselte Atlantis (Stuttgart, 1953, publicado en castellano en una fecha tan tardía como 1985 por Ediciones Orbis, Barcelona, con el título sucinto de La Atlántida. NdT) no es, desgraciadamente, mas que un condensado de una gruesa obra de más de mil setecientas páginas que hasta hoy solamente pueden leerse en lengua alemana (Atlantis, 1975). Más tarde, durante la década de 1970, Spanuth se dedicó a peregrinar por todas las escuelas de arqueología de Europa provocando debates apasionantes y apasionados.

“Como otras muchas personas –dice Spanuth–, siempre había considerado el mito de la Atlántida bien como una simple leyenda bien como una narración filosófica-moral usada por Platón para describir en clave ejemplar sus ideas sobre un Estado ideal. Pero más tarde, en 1933, trabajando sobre la antigüedad del Oriente Próximo, descubrí las inscripciones de Medina-Habou, en Egipto”.

El templo real de Medina-Habou fue desenterrado en 1927, en el sitio de la antigua Tebas, por dos arqueólogos del Instituto Oriental de la universidad de Chicago. Fue construido por orden del faraón Ramsés III (1200-1168 antes de nuestra era) para celebrar la victoria de Egipto sobre los misteriosos invasores que los historiadores designan con el nombre de “Pueblos del mar”. Los textos y las inscripciones murales, que relatan el acontecimiento con numerosos detalles y presiones, fueron publicados entre 1934 y 1954.

Repasando una y otra vez los textos, Spanuth, buen conocedor de la lengua jeroglífica del antiguo Egipto, se percibió con sorpresa que describían con exactitud el relato de la Atlántida descrito por Platón en dos de sus “diálogos” tardíos: el Critias y el Timeo.

Hacia el año 570 antes de nuestra era, recuerda Platón, el legislador Solón (antepasado familiar suyo), viajó a Egipto para “instruirse sobre los tiempos pasados”. Allí, en las ciudades sagradas de On y Sais, los sacerdotes que custodiaban los papiros del templo, le relataron de propia voz la existencia de un antiguo reino sumergido por las olas en medio de grandes catástrofes naturales y cuyos habitantes, expulsados de la patria, se lanzaron al asalto de los países de la cuenca mediterránea.

“Solón se apasionó ante el papel heroico representado por Atenas, su ciudad natal: según el relato de los sacerdotes fue la única, entre todas, en vencer a los talantes que, surgidos desde Europa con grandes ejércitos, habían penetrado en Grecia ocupando los otros Estados helénicos”.

Mapa de Athanasius Kircher mostrando una supuesta ubicación de la Atlántida. (Mundus Subterraneus, 1669).

Mapa de Athanasius Kircher mostrando una supuesta ubicación de la Atlántida. (Mundus Subterraneus, 1669).

Los “pueblos del mar”

De regreso en Atenas, Solón transmitió el relato a su amigo Drópides, abuelo de un contemporáneo de Sócrates, Critias el joven, el protagonista del diálogo de Platón. Casi con toda seguridad Platón, procedente de una importante casa aristocrática, trabajó con un manuscrito del propio Solón, conservado como herencia familiar.

Los bajorrelieves de Medina-Habou son, en efecto, muy interesantes. Describen los ataques de los “pueblos del mar” y su derrota. Y lo que es quizás más importante: los artistas retrataron fielmente las características somáticas de los prisioneros, sus armas capturadas, su indumentaria y sus naves de guerra. Platón ignoraba completamente la existencia del templo de Medina-Habou, y aquellos que, después de él, han localizado la Atlántida en todos los rincones del planeta, se han mostrado, en esta materia, mucho más ignorantes que el gran filósofo.

Los antiguos solían atribuir voluntariamente a los acontecimientos de la historia una edad exagerada, pretendiendo así magnificar su importancia. Platón, que no es una excepción en esta costumbre tradicional, sitúa el desembarco de los talantes sobre las costas griegas en el año 9.000 antes de su era, una fecha evidentemente imposible de retener, siquiera porque la ciudad de Atenas aun no había sido fundada.

Por contra, los arqueólogos saben que, durante el último tercio del siglo XIII antes de nuestra era, Atenas sufrió, efectivamente, el ataque de los “pueblos del mar”. La “muralla pelasga”, edificada con toda premura, permitió entonces la defensa de la ciudadela de la Acrópolis. Los griegos libraron batalla bajo el mando del rey Kodros, quien alcanzó la victoria pero perdió la vida. “Esta heroica acción –escribe Platón– permanece ignorada debida su antigüedad, ya que los hombres la olvidaron en el correr de los tiempos” (Timeo 21 d).

Rechazados por los atenienses, los “pueblos del mar” ocuparon el Peloponeso, Creta, Chipre, Rodas y una parte del Asia Menor. En fin, atravesando Siria y Palestina, alcanzaron las fronteras de Egipto y, en el año 1192 antes de nuestra era, libraron batalla con las tropas del faraón en la desembocadura oriental del Nilo. El combate, a un tiempo naval y terrestre, fue terrible; Ramsés III terminó por imponerse.

Los invasores retrocedieron entonces hacia Europa y el Oriente Próximo, que habían atravesado como un huracán.

“Una parte de ellos se instaló en las costas de Palestina –escribe Spanuth. Estos fueron los ancestros de la tribu de los “Feres”, conocidos después con el epíteto de “filisteos” o “filistin” (palestinos), siguiendo la pronunciación hebraica “feles” del nombre “feres”. Los papiros de Wen-Amun indican que los “Saksar” se asentaron en la costa Siria, dando nombre al país, en tanto los “Denen” o “Dori” (los dorios) colonizaron el Peloponeso, Creta y las islas del Mar Egeo”.

Teniendo en cuenta lo que hoy sabemos sobre las grandes migraciones indoeuropeas, Jurgen Spanuth se anima a redescubrir el origen de estos pueblos que los papiros egipcios designan con el nombre de “Launebu” (“Hijos del mar”), término que Solón posiblemente tradujo como “Atlantes”. Al respecto, Spanuth se sirve de las descripciones pictográficas del templo de Medina-Habou.

Los bajorrelieves del templo real reflejan, en efecto, con gran precisión el aspecto somático de los invasores, sus cascos con cuernos y en forma de “corona de cañas”, las típicas espadas en forma de “lengua de carpa” (características de los pueblos indoeuropeos), opuestas a las espadas curvas “de hoz” egipcias, los escudos redondos que les distinguen de los egipcios en forma de semiarco, las naves de guerra puntiagudas con cabeza de cisne o de dragón tanto en la proa como en la popa. Las características físicas y estéticas, subraya Spanuth, no corresponden ni a los útiles ni a la impedimenta propia del antiguo Oriente Próximo. Evocan, por el contrario, las formas de la Europa de la Edad del Bronce, y más concretamente de la Europa septentrional.

“Todo induce a pensar –continúa Spanuth– que el punto de partida de los “Atlantes” ha de situarse en el norte de Alemania o en la Escandinavia meridional, entre los 52 y los 58 grados de latitud norte. Esta región corresponde a la “novena curva” de la cosmología egipcia, allí donde los escribas situaron el origen de los invasores siguiendo el interrogatorio de los prisioneros”. La región, siguiendo cierta tradición griega, corresponde también al lugar donde se sitúan los “pilares del mundo”, región representada por el mito de… Atlas.

Las tres tribus principales de los “pueblos del mar”, los “Feres”, los “Saksar” y los “Denen”, serían así los lejanos ancestros de los frisios, los sajones y los daneses.

El redescubrimiento de la antigua Basileia

Los atlantes, aseguraba Platón, hacían uso de un material precioso, el “oricalco”. Spanuth se pregunta si tal denominación no se refiere en realidad al ámbar dorado, sustancia con que los pueblos del norte comerciaban intensamente, desde el segundo milenio antes de nuestra era, con la cuenca del Mediterráneo. El dios Apolo, divinidad que los dorios incorporaron al culto helénico, retornaba simbólicamente todos los años a la tierra de los Hiperbóreos, en las riberas del río Eridanos (el Eider), cuyas aguas arrastraban lágrimas de ámbar. “Si hay un lugar donde el ámbar dorado –apunta el pastor Spanuth– se extraía industrialmente en la antigüedad con fines comerciales, este era el litoral de Schleswig-Holstein, entre el Mar del Norte y el Báltico”.

Es aquí donde confluyen el Elba, el Weser y el Eider, ríos cuyos cursos, confirma la geología, fueron brutalmente modificados por grandes catástrofes naturales fechadas precisamente en el siglo XIII antes de nuestra era. Las catástrofes que causaron el hundimiento de los ríos del Mar del Norte y del Báltico han de relacionarse con las mismas que provocaron la ruina de la civilización minoica cretense y la erupción del volcán de Thera (la actual Santorín), con las tremendas inundaciones que asolaron el Imperio Hitita en Anatolia y que devastaron la Grecia micénica, las mismas que son relatadas en la Biblia en el episodio de las “siete plagas de Egipto” y que provocaron el enorme retroceso de las mareas que permitió atravesar a pie el Mar Rojo. Durante la primera mitad del siglo XII antes de nuestra era, toda Europa, África del Norte y el Oriente Próximo se vieron convulsionadas por importantes fenómenos geológicos.

“Todo nos anima a visionar –prosigue Spanuth– la isla de Heligoland, en el Mar del Norte, que corresponde exactamente a la descripción que hace Platón de la capital sacra del reino de los atlantes, la antigua Basileia”.

“Basileia”, en griego, quiere decir “real”, en el sentido de “tierra soberana”. Etimológicamente, Heligoland (“Heiliges Land”), significa, por otra parte, “tierra sagrada”. En la antigüedad fue designada precisamente como Basileia, en griego, o como Balcia o Albacia, en latín. Las leyendas locales hablan de un “templo de cristal” y de un “castillo de ámbar” que fueron engullidos por la furia del mar y aun permanecen bajo las costas de la actual estación balnearia.

Y no faltan los testimonios arqueológicos que vienen a corroborar las tesis de Jurgen Spanuth. En 1953 dos batiscafos se sumergieron en la costa este de Heligoland, las fotografías de la expedición muestran al menos los cimientos muy desgastados por las corrientes marinas de una ciudad mesolítica rodeada de una gran muralla. Dos placas de bronce inscritas con caracteres prerrúnicos, idénticas a las descritas por Platón, fueron rescatadas a la superficie.

Después de la publicación de Atlantis, Jurgen Spanuth recibió más de 16.000 cartas de lectores, también de numerosos sabios y especialistas. Ante todo estiman que su obra ha abierto una pista seria, más seria en todo caso que la “Atlántida atlántica”, en la que fracasan todos los argumentos geológicos. Hay que recordar que el Océano Atlántico recibe su nombre en una fecha tan tardía como 1665, a propuesta del jesuita Athanasius Kircher.

El enigma de la Atlántida, declaró Jurgen Spanuth en la universidad de París, el 10 de junio de 1971, puede considerarse resuelto

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