Leyenda de la luciérnaga

Desde el principio de los tiempos, los hombres tuvieron el fuego para entibiar las noches frías y sobrevivir en la Tierra, pero…

…pero un día, hace mucho, mucho tiempo, cuenta una leyenda de Entre Ríos que Añá bajó a la Tierra. El malvado de Añá pensaba encontrar a los hombres muertos de frío, peleando como a él tanto le gustaba, y se llevó una gran sorpresa: la Tierra estaba sembrada de fogatas alrededor de las cuales hablaban amistosamente los hombres olvidando viejas peleas.

Tan furioso se puso Añá, que tomó todo el aire posible y volando a toda velocidad sobre los campos sopló y sopló para apagar el fuego.

Los hombres corrían despavoridos sin entender lo que sucedía. Entre los soplidos de Añá, el fuego que quedaba y las chispas que se levantaban por doquier, las llanuras, hasta entonces calmas, se transformaron en un sitio desastroso.

Leyenda de la luciérnaga

Leyenda de la luciérnaga

Tanto lío se armó, que Tupá, el dios bueno, se acercó a ver qué pasaba. Se enojó muchísimo y decidió escarmentar al malo de Añá. Transformó las chispas que perseguían en isondúes, unos pequeñitos insectos que al volar se encienden y se apagan fugazmente.

Añá perseguía entonces a los insectos que volaban en sus narices. Los hombres creyeron que jamás volverían a tener el fuego. Pero bajó Tupá a la Tierra y encendió nuevamente las fogatas alrededor de las cuales se sentaron los hombres.

Añá perseguía entonces incansablemente a los isondúes que nunca se apagaban, hasta que se detuvo a tomar un respiro. Vio nuevamente a los hombres en paz, protegiéndose del frío nocturno.

Lleno de rabia y enojo, Añá se escondió en algún rincón oscuro y desconocido de donde aún no ha salido.

Y desde aquellos tiempos, las extensiones de la Tierra son iluminadas durante las noches por estas estrellitas fugaces que parecen haber caído del cielo.

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