Mina del holandés perdido

Misteriosas e inhóspitas, las Montañas de Superstition de Arizona constituyen el centro de la leyenda de la «mina perdida». La historia de la mina del Holandés Perdido es un hecho real con todos los ingredientes de una buena película del Oeste: oro, codicia, indios y asesinatos. Una fortuna aguarda a quien se atreva a desafiar los precedentes siniestros y, en ocasiones, fatídicos, relacionados con la mina y logre encontrarla al cabo de más de un siglo.

Cuando estaban a punto de morir, los buscadores de oro solían dejar un mapa con la situación de los yacimientos, y estas minas perdidas constituyen el centro de las leyendas de tesoros. La historia de la mina del Holandés Perdido contiene todos los ingredientes de una buena película del oeste: sangre, indios, búsqueda de oro, codicia y asesinatos, y como muchas de las leyendas clásicas de tesoros, los hechos están tan entretejidos con verdades a medias y leyendas que ya no es posible distinguir la realidad de la ficción.

Montañas de Superstition

Montañas de Superstition

Como tantas otras que hablan del oro americano, la historia comienza con un conquistador, Antonio de Espeja, ingeniero de minas que en sus viajes por México llegó al norte y en 1582 descubrió mineral de plata en Arizona. Es opinión comúnmente aceptada que los jesuitas fueron los primeros en explotarlo, como habían hecho en otros lugares, hasta que los asesinaron los apaches.

Oro al este de Phoenix

A mediados del siglo XIX, la familia de un tal Enrico Peralta descubrió oro en cierto lugar de las montañas de Superstition, a unos sesenta kilómetros al este de Phoenix. La explotación duró varios años, hasta que entraron en conflicto con las tribus apaches locales. Un día, en 1864, los indios tendieron una emboscada al convoy cargado de oro de los Peralta y al cabo de tres días de lucha violenta, lo destruyeron. Unos años después, un superviviente de la familia Peralta, don Miguel, fue rescatado de una pelea en Sonora por dos emigrantes alemanes, Jacob Waltz y Jacob Weiser.

Impresionado por su gran habilidad, don Miguel les contó la historia de la mina y les ofreció compartirla si le acompañaban al territorio apache para recuperar el oro que había escondido. Ellos aceptaron, y en 1871 regresaron de la expedición con una suma de sesenta mil dólares. Peralta quedó con el 50 por 100 y seguramente se retiró a disfrutarlo. Waltz y Weiser dilapidaron el 25 por 100 que les había correspondido a cada uno y en 1879 emprendieron un nuevo viaje. Parece ser que encontraron a dos mexicanos trabajando en el lugar y los mataron sin el menor escrúpulo. Un día en que Waltz no se encontraba en el campamento, Weiser desapareció. Las flechas apaches y las ropas ensangrentadas fueron las pruebas del destino que había corrido. Waltz abandonó las montañas inmediatamente, pero lo cierto es que Weiser se había salvado y un médico le curó las heridas. Fue a este médico a quien le contó la historia de la mina del holandés perdido poco antes de morir.

Mientras tanto, Waltz se marchó a Phoenix. En 1880, dos jóvenes ex soldados llegaron a la ciudad de Pinal con varios sacos de oro. Cuando les preguntaron que dónde lo habían encontrado, dijeron que habían tropezado con una mina por casualidad, y todos pensaron que lo que habían encontrado era la mína del Holandés Perdido, así llamada por los antepasados de Waltz. La noticia se difundió rápidamente y los dos hombres se ofrecieron a volver a la mina. Al cabo de unos días los encontraron muertos. Los habían desnudado a la manera apache, pero los habían matado con un revólver del ejército estadounidense. Las sospechas recayeron en varios hombres del lugar, y más de una persona empezó a mirar con malos ojos a Waltz, pero a pesar de todo resultó prácticamente imposible probar su culpabilidad.

La confesión de un moribundo En 1890, el propio Waltz volvió a buscar una parte del oro que había escondido con Weiser. Regresó con una cantidad valorada en unos mil quinientos dólares, lo último que ganó en su vida, pues murió al año siguiente. A las puertas de la muerte, no sólo confesó que había asesinado a su sobrino Julius, al que había contado la historia pero luego se había arrepentido, sino que también explicó dónde estaba situada la mina. Ésta, que tenía forma de embudo, se encontraba en un cañón no lejos de Needle Weaver, lugar muy conocido en la región. Al menos dos de los hombres que habían escuchado las últimas palabras de Waltz, Dick Holmes y Reinhart Petrashs trataron de localizarla, sin lograrlo.

Se han hallado indicios de que hubo cierta actividad minera cerca de Needie Weaver en su momento, pero aunque la mina sigue despertando el interés de los buscadores de tesoros, aún no se la ha encontrado. Es posible que el propio Waltz intentara ocultarla. Según otra versión de la historia, los apaches destruyeron todo rastro de ella antes de que los obligaran a abandonar las montañas, en 1885. Pero han seguido produciéndose sucesos extraños en las montañas de Superstition. En 1928, dos cazadores de ciervos contaron que alguien había intentado arrojar rocas cuando se encontraban allí. En 1931, Adolph Ruth, de sesenta y seis años, salió en su busca provisto de un mapa que él consideraba copia del que había dejado Peralta. Lo encontraron muerto unos meses más tarde. Le habían dado un tiro en la sien y le habían robado el mapa. En 1932, un francotirador desconocido mató a dos viajeros. En 1959, un buscador de tesoros llamado Stanley Fernández murió a manos de su compañero Benjamín Ferreira después de haberse peleado por el trabajo que debía realizar cada uno mientras estaban intentando descubrir la mina.

Petroglifos de las montañas de Superstition

Petroglifos de las montañas de Superstition

¿Existieron de verdad las minas del holandés perdido?

Muchos buscadores de oro exploraban colinas, que. los indios americanos consideraban como sagradas, en busca de sus tesoros. A menudo, aquellos que encontraban u gran filón eran asesinados por los indios antes de poder contar el secreto. Este grabado de un jefe sioux fue realizado alrededor de 1830.La gran conquista del oeste americano en el siglo XIX. atrajo a buscadores de oro que querían enriquecerse a costa de la riqueza de sus montañas y ríos, aunque para muchos la recompensa fue difícil de encontrar.

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